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Argentina: ¿Rumbo a Caracas o a la libertad? ALVARO VARGAS LLOSA Las últimas semanas produjeron una modificación cualitativa en la política argentina. Tres factores han intervenido: la proliferación de testimonios desde el corazón o la periferia del poder acerca del imperio de corrupción en que se ha convertido el régimen;
Un "think-tank" al servicio del mundo CARLOS ALBERTO MONTANER Lo he escrito en otras oportunidades: hay tres argumentos de gran peso para apoyar la existencia del Estado de Israel. El primero es el moral. No se puede poner en duda el derecho a existir de una sociedad libremente constituida en un estado.

Publicaciones

Las fallas del mercado y las fallas del gobierno

GUILLERMO CABIESES 

Las fallas del mercado suelen definirse como situaciones en las que el mercado no logra alcanzar la eficiencia, porque el comportamiento individual de cada persona tratando de maximizar sus beneficios se contrapone al supuesto mejor resultado social. Típicamente se identifican como fallas del mercado a la asimetría de información, los monopolios, las externalidades y los bienes públicos. Cuando una de éstas se presentan es típico que los economistas aboguen de inmediato por un intervención estatal que remedie la falla. Sin embargo, como bien señaló el profesor de UCLA, Harold Demsetz, esto es caer en la “Falacia del Nirvana”. Es decir, errar al comparar la alternativa existente (el mercado) con una ideal (lo que pasaría si el gobierno interviene) y no una real (lo que realmente pasa si el gobierno interviene), es creer que el gobierno no falla y no ser conscientes de que el remedio puede ser peor que la enfermedad.

Y es que, bien vistas las cosas, el concepto de falla de mercado se contrapone a otro que puede ser bastante más grave, la falla del gobierno, que es cuando la regulación que se crea para remediar una falla de mercado conduce a una situación en la que la sociedad se aleja aún más de la eficiencia.

Un caso emblemático de una falla de gobierno es la prohibición de emitir publicidad para remediar asimetrías informativas, cuando justamente la publicidad está pensada para transmitir información y reducir esa asimetría; otro, la obligación de revelarle al consumidor absolutamente toda la información existente respecto de un producto, como en el caso de las ventas por internet, en donde el consumidor recibe mucho más información de la que puede y quiere procesar, optando por ignorarla. En ambos casos, sin embargo, los precios suben y el consumidor está peor, con productos más caros y menos información.

La pasión de la igualdad

AXEL KAISER

"No tengo respeto alguno por la pasión de la igualdad, que a mi juicio no parece más que envidia idealizada". La cita es del escritor estadounidense Oliver Wendell Holmes y es particularmente útil como introducción al debate en torno a la igualdad. Pues no hay duda de que Holmes tenía razón cuando identificó la envidia como uno de los motores centrales del impulso igualitarista que habita en cada uno de nosotros. Este impulso se encuentra en el origen de esa común identificación entre la idea de igualdad material y la de justicia y es, probablemente, una reminiscencia de nuestro pasado tribal en que la libertad era totalmente inexistente y el individuo se entendía como parte de un todo orgánico dirigido por una autoridad dictatorial que velaba por el bien de la comunidad.

Karl Popper vio en ideologías colectivistas como el marxismo y el facismo, y en la filosofía de pensadores como Hegel, Platón y Marx, un esfuerzo por volver a ese pasado tribal en que el individuo era aniquilado en función del colectivo. Con el tránsito hacia las sociedades abiertas y complejas, facilitado esencialmente por el comercio, las estructuras tribales fueron gradualmente deshaciéndose y el individuo cobrando cada vez mayor protagonismo. En Occidente, una fuerza central en el triunfo del individuo sobre el colectivo fue el cristianismo, una religión auténticamente individualista que planteó, como ninguna otra antes o después, la idea de que cada ser humano es único y titular de derechos superiores y anteriores al colectivo.

Progreso en libertad

GABRIELA CALDERÓN 

A principios de los 2000 empezó a caer una especie de “maná del cielo” cuando los precios de los commodities empezaron a subir. En este contexto llegaron al poder varios “socialistas del siglo XXI”. Como la mayoría de los países en Latinoamérica son principalmente exportadores de productos primarios, he aquí el golpe de suerte. Los políticos, como es usual, corrieron a atribuirle a sus políticas públicas los impresionantes indicadores económicos. No obstante, hay grandes diferencias en las políticas públicas de los gobiernos de la región, cuyas fortalezas y debilidades solo se están volviendo evidentes ahora que ya han pasado varios años y que estamos llegando al fin de la bonanza.

Cuando la fortuna favorece a todos, siempre hay unos que la aprovechan mejor que otros. Comparemos algunos países socialistas del siglo XXI y algunos que se han destacado por su tendencia hacia un modelo económico de menor intervención estatal. En el primer grupo consideremos a Venezuela y a uno menos radicalizado como Ecuador. En el segundo grupo consideremos a Chile, Colombia y Perú. Entre 2006 y 2011 el PIB real ($ constantes del 2000) creció en un 20% en Chile, 23,9% en Colombia, ¡40%! en Perú. En cambio, Ecuador creció en un 22,6% y Venezuela solo ¡13,7%! Durante el mismo periodo, el PIB real per cápita creció un 15% en Chile, 15% en Colombia y 33% en Perú. Las cifras para Ecuador y Venezuela son menores, 14% y 5%, respectivamente.1

En los países socialistas del siglo XXI considerados se incrementó el gasto público más que en los países que se mantuvieron en la senda de la apertura económica y la democracia republicana. Entre 2006 y 2011, el gasto público como porcentaje del PIB aumentó en 4,6 puntos porcentuales en Chile, 1,5 puntos porcentuales en Perú y disminuyó en 0,1% de un punto porcentual en Colombia. En cambio, en Ecuador aumentó en ¡23! puntos porcentuales y en Venezuela en 6 puntos porcentuales (y en 2011 el gasto público como porcentaje del PIB de estos dos países más que duplica aquel de Perú).2

Así te empobrece el Gobierno

MANUEL LLAMAS

La riqueza o pobreza de un determinado país –y de sus habitantes– no depende de su ubicación, de su clima o de sus recursos naturales, sino de la existencia o no de un marco regulatorio favorable a la generación, atracción y acumulación de capital. De ahí, precisamente, la brutal distancia que media entre Corea del Norte y Corea del Sur, o el declive económico que padece Argentina desde hace décadas, pese a su abundancia de alimentos y materias primas.

La riqueza no es algo dado, cuyo reparto puedan disponer los políticos a voluntad, sino que, muy al contrario, es fruto de la innata creatividad humana y, más concretamente, de la iniciativa empresarial. La clave es que dicha creatividad sólo puede desarrollarse en un contexto muy determinado, caracterizado por el respeto escrupuloso a la vida, a la propiedad privada y al cumplimiento de los contratos, principios básicos que posibilitan el libre intercambio de conocimientos, bienes y servicios entre los individuos. Es decir, en el libre mercado. Por desgracia, ese parásito llamado Estado suele imponer numerosas trabas a la libertad económica y, por tanto, a la creación de riqueza. En el caso concreto de España, destacan tres ámbitos –pero hay muchos más– en los que la lesiva intervención pública se traduce, pura y llanamente, en pobreza: empresa, mercado laboral y renta.

Por extraño que pueda resultar a priori, los españoles son igual de competitivos que los alemanes y los franceses. El problema es una mera cuestión de tamaño. España cuenta con algunas multinacionales líderes en su sector, pero carece de una clase media empresarial. En 2007 apenas existían 3.000 empresas con más de 250 trabajadores, sobre un total de 2,7 millones, mientras que en Alemania había 9.000 sobre un total de 1,8 millones. España es uno de los países avanzados con un mayor peso de las microempresas o empresas con menos de 10 asalariados, con casi el 93% del total, muy por encima de la media de la OCDE (cerca del 80%).

El boom de la construcción

EDUARDO BOWLES 

Acaba de publicarse un estudio de la Cámara de Empresarios de la Construcción que indica que en el 2013, se invirtieron más de 500 millones de dólares en obras habitacionales y comerciales en Santa Cruz. Sólo hace falta echar una ojeada a cualquier punto de la ciudad para darse cuenta de que hay edificios, condominios y locales de negocios que se están edificando de manera incesante, un fenómeno que se repite en todo el país.

El crecimiento experimentado en la pasada gestión en el rubro de la construcción representa el 4,3 por ciento y Santa Cruz lleva la delantera a nivel nacional, dato que se puede comprobar con la demanda de cemento, el 32 por ciento, mientras que La Paz absorbe el 24 por ciento y Cochabamba el 19 por ciento. Según los empresarios, el volumen construido localmente sobrepasa los 1,1 millones de metros cuadrados. No hay duda que este fenómeno es positivo y es nada menos que el reflejo de la bonanza económica que atraviesa el país producto del auge de las exportaciones de las materias primas. Obviamente contribuye a esta expansión el apogeo del sector informal y, por qué no decirlo, el florecimiento de las actividades comprometidas con la ley. Eso lo admiten todos los actores del quehacer productivo, algo que debería llamarles la atención a los operadores económicos del Gobierno pues se trata de una escalada con muchas fragilidades.

El otro factor que se debe observar es que si bien la construcción moviliza muchos sectores como la industria del cemento, genera fuentes de empleo y dinamiza el comercio, no se trata de un sector productivo por excelencia y en este momento está funcionando como una medida de refugio de los capitales que no encuentran otras vetas de inversión debido a la inseguridad jurídica y a la ausencia de oportunidades que se genera por el acoso gubernamental al sector privado. Un dato que expresa muy bien este comportamiento es que los 500 millones de inversión en construcción en Santa Cruz, representan la mitad de toda la inversión extranjera directa en el país.

La idea del "bien común"

CARLOS HERRERA

(XVI fragmento del libro inédito "Apuntes sobre la Sociedad Abierta")

¿Saben los países pobres y atrasados como el nuestro en qué consiste la idea del “bien común”? Para saberlo es necesario revisar cuáles son sus políticas de Estado, esto es, qué asuntos de la vida nacional considera prioritarios y cuales las acciones que adopta para resolverlos. En general los pueblos adelantados del mundo (las sociedades abiertas) son los que dan la pauta en este sentido, ya que han pasado por la misma historia de los pueblos atrasados; es decir, han tenido que afrontar y resolver los problemas que nosotros tenemos ahora y es de su escuela de donde debemos informarnos para enfrentar nuestra realidad. Y esto porque aunque cada país tiene sus particularidades históricas, en líneas generales la historia política y económica es siempre la misma.

Digamos entonces que la idea del “bien común” se refiere a lo que es del interés general de la sociedad, a los problemas que nos afectan a todos, a los que en definitiva son la causa del atraso o del progreso de los países. ¿Qué asuntos debiera incluirse dentro de esta expresión? Si se trata de pueblos atrasados y pobres, no hay duda que lo primero debiera ser la educación de la sociedad. ¿Por qué la educación? Pues porque sólo a través de ella es posible cambiar la cultura de un pueblo, que es, a su vez, lo único que puede hacer el milagro de la transformación de un país.

Toda buena educación debe aspirar, como condición definidora de la misma, a crear una determinada cultura. Es decir, consolidar unos determinados valores y una determinada conducta social. Crear una cultura común no supone, como algunos pudieran creer, que todos debamos pensar y sentir de la misma forma. Se alude más bien a la necesidad de adoptar unas pocas ideas básicas para los fines del orden social y que resulten de una correcta apreciación de las cosas.

Un par de ejemplos en este sentido: que lo que es la base del mundo desarrollado, el respeto a las libertades por parte del Estado, permite a las naciones prosperar. O que si no se aplican políticas de fomento a la inversión y la actividad privada, es decir, en ausencia de una economía de mercado, la pobreza y la exclusión social nunca podrán ser combatidas eficazmente.

 

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Noticias de la semana

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Artes y Letras

CHARLES BAUDELAIRE - POESÍA EN PROSA

Joan Miró, pintor español.

Poeta francés del siglo XIX.

El extranjero

-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
-¿A tus amigos?
-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud está situada.
-¿A la belleza?
-Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
-¿Al oro?
-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
-Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes maravillosas!

Un gracioso

Era la explosión del año nuevo: caos de barro y nieve, atravesado por mil carruajes, centelleante de juguetes y de bombones, hormigueante de codicia y desesperación; delirio oficial de una ciudad grande, hecho para perturbar el cerebro del solitario más fuerte.
Entre todo aquel barullo y estruendo trotaba un asno vivamente, arreado por un tipejo que empuñaba el látigo.
Cuando el burro iba a volver la esquina de una acera, un señorito enguantado, charolado, cruelmente acorbatado y aprisionado en un traje nuevo, se inclinó, ceremonioso, ante el humilde animal, y le dijo, quitándose el sombrero: «¡Se lo deseo bueno y feliz!» Volviose después con aire fatuo no sé a qué camaradas suyos, como para rogarles que añadieran aprobación a su contento.
El asno, sin ver al gracioso, siguió corriendo con celo hacia donde le llamaba el deber.
A mí me acometió súbitamente una rabia inconmensurable contra aquel magnífico imbécil, que me pareció concentrar en sí todo el ingenio de Francia.

Cada cual, con su quimera

Bajo un amplio cielo gris, en una vasta llanura polvorienta, sin sendas, ni césped, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados.
Llevaba cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana.
Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el contrario, al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase con sus dos vastas garras al pecho de su montura, y su cabeza fabulosa dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de sus enemigos.
Interrogué a uno de aquellos hombres preguntándole adónde iban de aquel modo. Me contestó que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a alguna parte, ya que les impulsaba una necesidad invencible de andar.
Observación curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra el furioso animal, colgado de su cuello y pegado a su espalda; hubiérase dicho que lo consideraban como parte de sí mismos. Tantos rostros fatigados y serios, ninguna desesperación mostraban; bajo la capa esplenética del cielo, hundidos los pies en el polvo de un suelo tan desolado como el cielo mismo, caminaban con la faz resignada de los condenados a esperar siempre.
Y el cortejo pasó junto a mí, y se hundió en la atmósfera del horizonte, por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se esquiva a la curiosidad del mirar humano.
Me obstiné unos instantes en querer penetrar el misterio; mas pronto la irresistible indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedó más profundamente agobiado que los otros con sus abrumadoras quimeras.

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