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Un nuevo paradigma para nuestra política

Fuente: eldia.com.bo ( Por EDUARDO BOWLES) 

Ayer reflexionábamos sobre el modelo de “Estado-botín” que impera en nuestra política y concluíamos que no le sirve a nadie más que a unos pequeños grupos que se enriquecen a costa de los bienes públicos. La pobreza se mantiene intacta, los partidos desaparecen, los dirigentes se “queman”, los “grandes líderes” pasan a la historia sin pena ni gloria y las estructuras de poder se desvanecen sin hilvanar ni siquiera un esbozo institucional que permita darle sostenibilidad y viabilidad a este país.

La angurria por devorarse todo el poder y aprovechar la ocasión en el menor tiempo posible, ha jubilado prematuramente a numerosas camadas de políticos que en su momento brindaron esperanzas de un verdadero cambio de rumbo para Bolivia ¿Dónde quedaron aquellos valerosos dirigentes que pelearon para la recuperación de la democracia? ¿Dónde están los herederos de aquellos revolucionarios que transformaron la nación en los años 50? ¿Qué pasó con esa izquierda democrática que asumió el poder en 1982 con grandes energías de renovación?

Los procesos políticos bolivianos no son de largo alcance. Asaltan el poder, se lo “farrean” en tiempo récord, cometen actos de saqueo y desaparecen de la escena para darle paso a otro periodo de similares características. Actúan como forajidos que ni siquiera piensan en su propio futuro como dirigentes, en su propia carrera, que nunca tendrá la mejor reputación, que jamás estará libre de sospechas, porque la política no es una “taza de leche”, pero que al menos puede trazar un horizonte de liderazgo que deje un saldo favorable para el futuro, un legado que permita seguir construyendo, para no pasarse la vida reconstruyendo, refundando, pagando las facturas y poniendo parches.

Este fenómeno lo podemos ver con mucha claridad en Argentina, donde Macri no ha iniciado su programa de gobierno porque en dos años no ha hecho más que reparar los daños del desastre que dejó la “cleptocracia” kirchnerista. Y que alguien se atreva a vaticinar qué le espera a Venezuela después de la hecatombe chavista, a Brasil con el latrocinio del Lulismo y a Bolivia, cuando toque desmontar el inmenso aparato clientelar del “proceso de cambio” que está haciendo aguas con un escándalo tras otro.

El viejo paradigma impide la construcción y la renovación de liderazgo, pervierte la cultura política, nos encasilla en el caudillismo y en el centralismo, graves obstáculos que impiden avanzar en la democracia. En el sentido más estricto del término, muchos de los países del continente ni siquiera han salido de las dictaduras, de las viejas estructuras coloniales que relacionaban el acceso al poder con la pertenencia a determinadas castas. Eso nos impide resolver problemas que están pendientes desde la fundación de la república. Uno de ellos es precisamente el conflicto indígena, tal vez el principal desafío del actual Gobierno, pero al mismo tiempo, la mayor decepció

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