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Entendiendo el populismo: versiones y alternativas

populistasCARLOS GOEDDER

Durante un Seminario realizado

entre el 19 y 22 de octubre de 2017 en Bogotá, un equipo de 16 analistas nos hemos reunido para estudiar el populismo latinoamericano.

Entre las instituciones participantes estuvo el think-tank venezolano Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad, CEDICE Libertad, del cual formo parte.

Los profesores Trino Márquez y Carlos Raúl Hernández compilaron las casi 360 páginas de material para lectura y debate, moderando y guiando las conversaciones hacia los problemas que supone el Populismo para la vida ciudadana, la participación política, la gestión económica y las restricciones a la libertad.

¿Qué es el Populismo? La caracterización del “estilo político populista” (1) se abordó tras el estudio de varias experiencias latinoamericanas: los regímenes de Getúlio Vargas en Brasil, Juan D. Perón en Argentina (ambos exponentes el “populismo clásico”, surgido entre las Dos Guerras Mundiales), y los regímenes militaristas de Omar Torrijos en Panamá y Juan F. Velasco Alvarado (tras la Revolución Cubana de 1959). Se partió de los hechos y la experiencia histórica, para lograr una descripción. Benavente y Cirino (2) consideran estos atributos del populismo:

-Discurso contrario a la política, partidos y candidatos tradicionales (“antipolítica”).
-Estilo mediático de comunicación. Contacto directo entre el conductor político y su base electoral. La televisión, radio, las redes sociales como Twitter, incorporan continuamentemensajes del “caudillo” populista hacia las masas que le apoyan.
-Voluntad de movilización. Llamado a la agitación violenta, incluyendo protestas y acciones de calle desestabilizadoras de los gobiernos y los “enemigos” del movimiento populista.
-Retórica nacionalista. “El populismo siempre busca enemigos externos que son estereotipados como tales ante la masa, para presentar su confrontación como una suerte de gesta épica que puede justificar el sacrificio de prácticas democráticas…” (3)
-Conducción personalizada. “Siempre el populismo tiene a un caudillo como conductor.” (4)
-Desconfianza en las instituciones.
-Estatalismo:Supone un Estado sobredimensionado, con cuyos recursos realiza su labor redistributiva.

Dos autores, Dornbusch y Edwards (citados por Benavente y Cirino), analizaban en 1991 el populismo desde sus atributos de política económica, señalando (5):

“Para nosotros, el «populismo económico» es un enfoque de la economía que destaca el crecimiento y la redistribución del ingreso, y menosprecia los riesgos de la inflación y el financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes externos ante las políticas agresivas ajenas al mercado. El propósito de la descripción de este paradigma no es una afirmación moralista de la economía conservadora, sino una advertencia de que las políticas populistas fracasan en última instancia, y su fracaso tiene siempre un costo terrible para los mismos grupos que supuestamente se quiere favorecer.”

Trabajos más recientes señalan como este estilo de política se ha extendido a economías más desarrolladas. Moisés Naím (6) señala, en febrero de 2017:

“El populismo no es una ideología. Es una estrategia para obtener y retener el poder. Siempre ha existido, pero en los últimos años ha reaparecido con una fuerza potenciada por internet y las frustraciones de sociedades abrumadas por el cambio, la precariedad económica y una amenazante inseguridad acerca de lo que depara el futuro. Una de las sorpresas del populismo es cuán comunes son sus ingredientes, aunque los líderes que lo practican y los países donde se imponen sean muy diferentes. Hoy reina en la Rusia de Vladimir Putin y en la América de Donald Trump, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan y la Hungría de Víktor Orbam.”

Durante el Seminario, se consideraron los casos del “Brexit” en Reino Unido y el independentismo catalán en España, como otros escenarios novedosos del populismo.
Naím considera cuatro tácticas comunes a los populistas:
1) ”Divide y Vencerás”. Exacerbar divisiones y conflicto social: entre clases, razas, religiones, regiones, nacionalidades y sectores económicos.
2) Deslegitimar y criminalizar a la oposición.
3) Denunciar la conspiración internacional. Búsqueda de enemigos externos, países o grupos humanos (inmigrantes, nacionalidades, grupos étnicos…)
4) Desprestigiar a periodistas y expertos.
En una compilación sobre el problema populista, publicada en junio de 2017, Mario Vargas Llosa señala en el prólogo (7):

“El populismo tiene una muy antigua tradición, aunque nunca alcanzó la magnitud que ostenta hoy en el mundo. Una de las dificultades mayores para combatirlo es que apela a los instintos más acendrados en los seres humanos, el espíritu tribal, la desconfianza y el miedo al otro, al que es de raza, lengua o religión distinta, la xenofobia, el patrioterismo, la ignorancia…”

Benavente y Cirino consideran el populismo como una “ideología del resentimiento”, una “religión política”, destacan su “componente urbano” y los “esquemas proteccionistas en lo económico.”

Las experiencias hispanoamericanas más recientes en el siglo XXI fueron consideradas en las sesiones de trabajo, con énfasis en Argentina, Bolivia, Ecuador y el caso venezolano (la mayoría de los invitados provenía de Venezuela). En estos últimos años la retórica y práctica política populista se ha nutrido de conceptos marxistas, a diferencia del populismo clásico de Vargas y Perón, que era anticomunista. El caso extremo de Chávez y Maduro en Venezuela tuvo un anticipo en la gestión de Velasco Alvarado en Perú, entre 1968 y 1975, colocando al Ejército al servicio de un proyecto de izquierda política.

En el caso ecuatoriano, Hurtado destaca la “falta de respeto a los votantes” (8), quienes son usados por un manejo instrumental de la democracia, propio de los populistas. Se considera que elecciones, referendos y votaciones son suficientes como mecanismos de legitimación, incluso de leyes y políticas contrarias a los valores democráticos. El plebiscito sustituye al poder legislativo.

En el relato del caso ecuatoriano, bajo la presidencia de Correa, Hurtado destaca una frase que conecta directamente con el trabajo de la filósofa Hannah Arendt, muy citada entre los participantes del evento (9):

“Ni los ciudadanos, ni sus líderes, ni las organizaciones sociales, ni la sociedad civil, ni los medios de comunicación, ni periodistas y editorialistas se detuvieron a pensar, en el riesgo de que la asamblea constituyente fuera un mero instrumento del que se valdría el presidente Correa para controlar a todos los órganos del Estado y ejercer un poder autocrático.”

La capacidad de los líderes populistas para desbaratar a sus opositores y apoderarse del Estado invita a pensar, efectivamente, en instituciones frágiles, renuencia de los votantes a pensar en los riesgos y, quizás, la complicidad o subestimación de los caudillos populistas por los grupos políticos y económicos más poderosos. También puede haber un problema de comunicación, entre los pocos que valientemente se enfrentan a la retórica populista, arriesgando incluso su vida.

Si bien el populismo saca a flote la irracionalidad de los electores, Adrián Ravier recuerda, en una de las lecturas discutidas en el coloquio, que “la gente siempre vota con el bolsillo” (10). La expectativa de recibir subsidios, ayudas económicas o simplemente quitárselos a otros, también explica el apoyo que los populistas siguen recibiendo, incluso tras toda la secular experiencia histórica que demuestra las consecuencias negativas de sus regímenes.

Uno de los puntos en que hubo disenso fue respecto a asimilar el populismo con el totalitarismo. Tercamente insistí que sí, que el populismo se puede considerar como un régimen totalitario, al someter la interpretación de la política y la sociedad a una voluntad y pensamiento único, el del caudillo político. Vargas y Perón se nutrieron de los experimentos nazi y fascista (Perón incluso residió en la Italia de Mussolini). La deslegitimación del disenso, la anulación de la condición ciudadana por el simple hecho de pensar a contracorriente, la violencia como política de Estado, todo esto me hace pensar en el populismo como la variante latinoamericana del totalitarismo. Los demás participantes consideraron que la escala y crueldad de un régimen totalitarios son mayores, que aún quedan espacios para el disenso y la oposición bajo los regímenes populistas. Mi visión es que es más un problema de ineficiencia técnica, falta de organización (incluso para la crueldad) y especialmente la mayor complejidad social, lo que le impide al populismo latinoamericano llegar a las cuotas de destrucción del fascismo europeo y el régimen soviético. Puedo estar equivocado. Lo que es inequívoco es el costo humano del populismo, la sangre, el sufrimiento, la descapitalización que genera, el modo en que devalúa la moral; la desaparición del individuo en el discurso populista, para anularlo bajo la militancia y someterlo a la lógica del rebaño.

Algo sorprendente es la vitalidad del populismo, su capacidad para reinventarse y apoyarse en cualquier bandera ideológica. En Latinoamérica ha habido una propensión a un enfoque historicista y sociológico de los problemas económicos, una creencia de que ciertas regularidades y leyes económicas no encuentran cabida en el mestizaje, atraso y la desigualdad característicos de estos países. Las consignas del Imperialismo y la Teoría de la Dependencia responsabilizaron al comercio internacional de los fracasos económicos latinoamericanos. Incluso economistas notables como Raúl Prebisch, con su visión negativa sobre los términos de intercambio de materias primas, han atribuido la pobreza latinoamericana al comercio con naciones industrializadas. Los enfoques de “crecimiento hacia adentro” y “sustitución de importaciones”, fundamentados en esta doctrina y las recomendaciones de la CEPAL en las décadas de 1950 y 1960, resultaron en una carrera fallida hacia la industrialización y la pérdida de oportunidades para el desarrollo agropecuario. Los experimentos populistas en América Latina han quedado sin resolver los problemas del medio rural, la baja productividad, poca tecnificación y precarias condiciones del campesinado latinoamericano.

Siendo el Populismo una tecnología política recurrente en América Latina, hay espacio para preguntarse si, como aporte regional a la ciencia política universal, ha cumplido alguna función histórica necesaria, y si se le puede encontrar reemplazo sin sus consecuencias negativas. Quizás se han evitado dictaduras comunistas y guerras civiles como resultado del Populismo. En el caso cubano, por ejemplo, quizás un manejo populista de la política habría evitado el ascenso al poder de Fidel Castro y sus consecuencias sobre la región. Colombia, que ha tenido apenas una breve dictadura militar en el Siglo XX y suprimió mediante el asesinato a líderes populistas como Gaitán, mantiene la guerra civil más prolongada de la región (desde 1948 ó 1958, según se relate), con siete millones y medio de desplazados, a los cuales se suman aproximadamente 250 mil muertos.

La presencia militar en los experimentos populistas es otro elementos característico del populismo latinoamericano, y el apoyo de la Iglesia Católica en el ascenso de caudillos. Un ejemplo fue Perón, quien luego le dio la espalda al clero y por ello precipitó su derrocamiento. Las Fuerzas Armadas siempre podrán ser usadas por el populismo y proveer la sangre ciudadana que precisa el engranaje dictatorial.

Lamentablemente, la desconfianza de los civiles hacia los partidos políticos y el clamor por “orden” pueden seguir alentando a los militares hacia el populismo. El “consenso militar básico”, concepto creado por Lisa North al estudiar el caso de Velasco Alvarado en Perú (11), tiene estas características que aún siguen tentando a muchos ciudadanos, hartos de corrupción, criminalidad y partidos depredadores del erario: desconfianza en los políticos civiles; orientación tecnocrática gerencial hacia el desarrollo económico y social; necesidad de reforma agraria y planificación social económica del Estado; nacionalismo basado fundamentalmente en el patriotismo militar.

¿Cómo confrontar el populismo, como zafarse de sus garras? El repaso de estas experiencias históricas habría de ayudar, como testimonio del fracaso, y aprovechando las vivencias personales de ciudadanos que las han padecido – las redes sociales y democratización de contenidos vía Internet y teléfonos celulares serían aliados en esa dirección. La formación educativa ciudadana también ayudaría a crear un electorado más consciente. El incremento de la educación filosófica, técnica y científica ayudaría a producir conocimiento, en lugar de ideología, para enfrentarse a los desafíos de América Latina y el combate a la pobreza y la desigualdad en todas las latitudes.

La volatilidad en los precios de materias primas, fuente principal de divisas y crecimiento económico en América Latina, incidirá en la propensión hacia experimentos populistas. Los primeros caudillos urbanos populistas de la región surgieron tras el descalabro del comercio internacional de la Primera Guerra Mundial y el Crac de 1929 en EEUU. El deterioro de los precios de materias primas promovieron la llegada de populistas, y también su salida: cuando Chávez llegó al poder en 1998, el barril de petróleo venezolano no alcanzaba 13 dólares estadounidenses; los experimentos populistas de Lula-Dilma, los Kirchner e incluso el legado chavista se han resquebrajado tras agotarse el boom de materias primas entre 2005 y 2014, que les permitió comprar votos y desafiar los límites presupuestarios. La capacidad institucional para disminuir esa volatilidad (incluyendo prudente gestión económica) y la capacidad para añadirle valor a la producción desde la tecnología, podrían disminuir el rigor de estos ciclos de precios de minerales y productos agropecuarios. La “Maldición de los Recursos Naturales” y la “Enfermedad Holandesa” ya han sido estudiadas por los economistas, y las alternativas institucionales para evitar sus consecuencias (Fondos de Inversión Soberanos, flexibilidad en el tipo de cambio, política fiscal prudente, participación del sector privado en la gestión de los recursos naturales, entre otros).

Quizás, en la práctica, se precise de un populista para desterrar el populismo. Ya se va consiguiendo este resultado por la ineptitud de caudillos, quienes generan en el electorado rechazo hacia sus prácticas, y han sacado del poder a los regímenes clientelares que legaron Lula y los Kirchner. En el caso venezolano, el rechazo hacia el socialismo y las políticas de izquierda ha crecido tras la escasez y miseria generalizadas. Ahora bien, quizás algún político con el carisma y la retórica populistas pueda abrazar un discurso que impulse hacia otros comportamientos, colocando como enemigos externos a la demagogia, la división ciudadana que propician los partidos y la violencia. Y quizás este tipo de estadista cuente con la habilidad, ideas claras y capacidad persuasiva para promover y llevar a cabo las transformaciones que realmente sacarán a América Latina de la pobreza: desarrollo de capital humano y social, apertura al mundo, apego a la ley, defensa de la propiedad privada, provisión eficiente de servicios públicos y promoción de libertades.

El populismo es una amenaza a la paz. Genera oportunidades y beneficios para políticos corruptos, destruyendo tejido social y reduciendo posibilidades de vida feliz al ciudadano. Su violencia retórica y práctica tiene un costo de sufrimiento humano y un costo de oportunidad tan elevados, que cualquier estudio serio de las prácticas y experiencias populistas, y mecanismos institucionales que protejan a la sociedad de sus embates, siempre mejorarán la calidad de vida, la democracia y la libertad.

Tomado de eldiarioexterior.com 

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