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Igualdad de oportunidades

ALFREDO BULLARD

Es una de las frases hechas más mal hechas. Suena bien, genera consenso, pero dice muy poco. Es un refugio común para pensamientos de lo más diversos y distintos, pero que son contradictorios. Para quienes creen que la igualdad de ingresos es un objetivo del Estado, es dicha igualdad la que genera, valgan las redundancias, igualdad de oportunidades. Para quienes no creen en el asistencialismo que iguale ingresos, si aceptan que es rol del Estado generar la igualdad de oportunidades por la vía de asegurar un paquete mínimo de recursos (educación, salud, infraestructura). Pero ni lo uno ni lo otro son objetivos validos ni viables.

Lo cierto es que, como toda frase fácil, a todos les gusta repetirla. Esta en toda la propaganda electoral, en las declaraciones de los candidatos y sus escuderos, en las preguntas de los periodistas y en los programas de gobierno. Los invito a leer los comentarios de mi post anterior (Políticamente incorrecto: igualdad y pobreza publicado el 24 de mayo) y verán que la mayoría cree en ese rol como esencial del Estado: igualar las oportunidades.

Pero la igualdad de oportunidades no existe ni puede existir. Es una misión imposible que contradice la naturaleza humana y la realidad de nuestra sociedad. Las oportunidades son desiguales por factores tan diversos como la biología, la cultura, la economía, lo social o por cosas tan inmanejables para cualquier políticamente pública como el azar y la suerte. Ni dos hermanos gemelos educados y cuidados por los mismos padres y que reciben la misma educación tienen igualdad de oportunidades. Lo más que se podrá decir es que pueden tener oportunidades parecidas.
Y es que cuando declaramos muy orondos que todos los seres humanos nacen iguales, no estamos diciendo en realidad que son iguales. Solo estamos diciendo que la Ley los reconoce como iguales. Y al hacerlo la Ley esta reconociendo el derecho más esencial de todos: a ser diferente. Algunos sean filósofos, otros surfers y en el medio quedaran regados abogados, médicos y profesores. Y para ser diferentes la Ley reconoce que las oportunidades serán diferentes.

Imaginemos la final de 100 metros planos en las Olimpiadas. ¿Cree alguien que todos deben tener la misma oportunidad de ganar? Por que si es así hay que amarrarle plomos al más rápido y darle una motocicleta al más lento. El verdadero rol de las reglas es que estas sean, precisamente, iguales para todos los corredores, para que pueda aflorar las diferencias. Que partan del mismo punto, que nadie interfiera en su carrera. La igualdad se da no para que todos puedan ganar, sino para que el mejor pueda ganar con justicia. La verdadera igualdad asegurará que los plomos y las motocicletas se queden fuera de las pistas.

En ese sentido lo más cercano a ese ideal, como dije en mi post anterior, es la igualdad ante la Ley. Finalmente ese es el verdadero objetivo. Y en realidad significa algo muy distinto: es prohibir al Estado desigualar las oportunidades. No se trata de igualarnos el presente, sino de evitar que nos desigualen el futuro.
El problema real no es pensar que la igualdad de oportunidades es deseable, sino creer que es el Estado el medio a través del cual ese objetivo se va a lograr. Es justo al revés
La historia demuestra que, en nombre de la igualdad de oportunidades el Estado ha discriminado y abierto brechas entre las personas. El ejemplo más típico del absurdo es justamente el que más se usa: la educación. ¿Acaso dudan que la educación pública, la gestionada por el Estado, desiguala las oportunidades en relación a quienes reciben educación privada?

No quiero que se me mal entienda. Creo que en ciertas circunstancias el apoyo a sectores seriamente afectados por riesgos serios a su salud o a su supervivencia puede justificarse en motivos humanitarios. Pero de allí a creer que con ello se igualan oportunidades hay una gran brecha.
Alguno por allí llegó a propugnar la desaparición de la herencia como forma de igualar oportunidades. Quisiera ver el resultado de entregar todas las herencias al Estado para que las distribuya de manera equitativa. Verán precisamente al Estado creando privilegios y desigualdad.

De hecho creo que las oportunidades tienen que ser desiguales en el sentido que tienen que ser diversas. Es tan absurdo propugnar que la educación debe ser igual para todos como señalar que todos deberíamos estudiar Derecho y ser abogados (Dios nos libre) para preservar la igualdad. Creo que el Estado debe sacar sus narices de la educación y, en todo caso, si queremos mejorar educación con impuestos hay que subsidiar la demanda (a los escolares) y no a los colegios públicos, permitiendo a los padres decidir matricular a sus hijos en colegios privados con fondos recaudados por impuestos (sobre el particular ver el post La mala educación, publicado el 9 de setiembre del 2009). Es necesario que se ofrezcan oportunidades diversas por que todos somos diferentes.
Lo cierto es que quien más oportunidades ofrece es la interacción descentralizada entre individuos y no la centralización colectivista del reparto de oportunidades.

Nunca los seres humanos hemos tenido tantas oportunidades como en el presente. La tecnología y el desarrollo nos permiten hacer miles o millones de cosas que antes no podíamos hacer. Pero es absurdo esperar que todos tengan las mismas opciones por que la diversidad de la que hoy disfrutamos hace que ello sea imposible. Lo que debemos impedir, a través de la igualdad ante la Ley, es que el Estado se interponga en nuestra búsqueda de oportunidades. Pero si le damos al Estado el poder de igualar, la desigualdad esta garantizada.

Tomado de semanaeconomica.com